sábado, 27 de febrero de 2010

Testimonios en Haití



Willie Florant, una niña de 9 años, es otro de los innumerables rostros de la tragedia. Está tumbada sobre un colchón en un jardín pegado al hospital. Como cientos de sus compatriotas, sin ninguna condición higiénica, mucho menos sanitaria. Sufre un traumatismo craneal severo, tratado únicamente con analgésicos. “Ella venía del colegio, acababa de llegar a casa, tan contenta, como siempre. Le cayó el techo encima y su
cabeza quedó aplastada así”, describe su padre, Florant Dotom, acercando y separando las palmas de sus manos. La familia vela a la niña malherida. Bueno, lo que queda de ella. Sus dos hermanos han muerto.

También uno de sus sobrinos. “Ella no lo sabe”, dice su madre llevándose el índice a los labios y espantando las moscas que revolotean cerca de las heridas de su niña.

“Yo he conseguido todo, las vendas, las medicinas. Aquí no hay nada”. “Tardamos dos días en llegar al hospital, primero pasamos por una iglesia”, rememora el padre. “Yo he conseguido todo, las vendas, las medicinas. Aquí no hay nada”. Florant está jubilado, pero antes trabajaba en este mismo hospital. Suspira al recordar los viejos tiempos: “Ya no se parece en nada al centro médico que yo conocí”.

A la niña por lo menos le queda su familia. A su padre, ni siquiera su Dios. Alza las manos al cielo y le implora: “Ha sido un castigo de Dios para que nos arrepentirnos de todos nuestros pecados”.

Muchos pecados debió cometer Haití, porque el castigo fue inmisericorde. Un castigo que Continúa. “Lesiones no muy graves están acabando con la gente”, confiesa una enfermera.

Quien quedará para siempre perdonada es Maxin Sainten, de 30 años. La tierra empezó a temblar y ella corrió en dirección contraria. Quería rescatar a su sobrinito, de dos años, que se encontraba en el interior de su casa. “No pude salvarle”, se queja. Pero quedó atrapada entre los escombros. Como tantos miles. Nadie le calma el dolor, no hay para comer. Su otro sobrino, de seis años, también falleció.

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